Para ver lo que pasa en la tierra, hay que mirar de vez en cuando el cielo. Eso lo saben los agricultores. También los pueblos de las antiguas culturas indígenas.

Hoy se va despidiendo el invierno en Madrid con vendaval y belleza. Entre las nubes aparecen  lagos fugaces de un nítido azul. Se agrandan y se achican desdibujando sus contornos, hasta fundirse finalmente entre blancos y grises.

Se encapota el cielo, al igual que se enturbia nuestra mente.  Pedaleo pausadamente mientras el viento me refresca el rostro y enfría divagaciones y fantasías.

Vuelve la claridad al ritmo de mi respiración acompasada. Atrás quedan curvas, baches y cuestas. Un rayo de sol vuelve a iluminar el recorrido.

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