Desde la prehistoria aprendimos a utilizar el fuego para calentarnos, ahuyentar a los depredadores y cocinar. Hacer un buen fuego llevó muchos años de aprendizaje. Y lo hemos ido desaprendiendo con la aparición del carbón, el gas, la electricidad…

En las ciudades, algunos afortunados tienen chimeneas, pero no todos saben hacer un buen fuego. Algunos montañeros y los “servidores del fuego” de inipis y temazcales mantienen el arte y el ritual respetuoso de este regalo de la naturaleza.

Un mal fuego sería el que se apaga continuamente por falta de pericia, o el que se extiende descontrolado, porque lo inició un pirómano maniaco o a sueldo de oscuros intereses agrícolas o urbanísticos.

Honor y respeto para el BUEN FUEGO, que nos recuerda el sol, la luz y el origen de la vida.

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