Cambia cada día mi escritorio, como cambian las plantas que le dan vida y los reflejos de la luz. Entra a raudales por el ventanal que da a poniente y fusiona los planos y los objetos: el cristal de la mesa y el metal de la regadera;  el verde del aloe vera y el del jardín  que enmarca la sonrisa inalterable de Tich Nhat Hanh.

Al paso de las horas, las semanas y las estaciones, van cambiando los sentimientos, las palabras, los mensajes. Avanzan los libros en ciernes, mientras los pensamientos y recuerdos van y vienen como nubes nómadas. No sé de dónde vienen y a dónde van. El escritorio permanece. Firme como una montaña que serena el ánimo y amplía la visión.

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