De día o de noche, el río de la vida nos lleva. Cuando la oscuridad avanza, aparece la basílica del Pilar reflejada en el Ebro. En cualquier lugar del mundo, una imagen parecida nos recuerda nuestro santuario interior y la luz que nunca se apaga.

Hace unos días, paseaba una amiga maña por Zaragoza de vuelta a su casa. Se detiene y hace una espléndida foto, que generosamente me regala para regar la amistad. Al compartirla hoy en mi blog, se despiertan recuerdos, contados unos, vividos otros.

El único de mis hermanos que mi madre bañó en las aguas del río Ebro,  con apenas un año, según contaba,  nunca agarró un constipado. Cincuenta años después, exploraba yo sus orillas una tarde de calor. Imposible ya bañarse en los alrededores de la ciudad.

Me refresqué en la penumbra del interior de la catedral, casi vacía a esas horas, mientras caían en  cascada las notas de la toccata y fuga de Bach, que alguien estaba  ensayando. 

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