En los 80 solía sentarme debajo de una encina centenaria. Cuando tenía dudas sobre decisiones importantes que tomar, formulaba mentalmente la pregunta e inmediatamente me llegaba una respuesta. No era crédulo de procedimientos mágicos, pero me funcionaba. Probablemente mi inconsciente había tomado ya la decisión. Conectarme con ese espléndido árbol hacía el resto.

Cuarenta años después, he retomado ese ritual personal en otra majestuosa encina a muchos kilómetros de aquella. Esta mañana me acompaña Pepa. Ella no pregunta nada. Simplemente se vacía y entra en un presente intemporal. Se hace una con todas las encinas del mundo. Su savia le recorre la espalda.

Cuando no podamos hacerlo, abraza cualquier árbol por nosotros. Te sentirás mejor.

 

 

 

 

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