Hay momentos del día en que el tiempo queda en suspenso. Puede ser la luz del alba filtrándose entre pinares, o el crepúsculo que anuncia una densa oscuridad.

Para entrar en el silencio y escuchar la naturaleza que nos habla, es necesario suspender también los pensamientos y la actividad. En caso contrario, perdemos esos momentos privilegiados y el tiempo se precipita y nos arrolla. En menos que canta un gallo, se nos caerá el pelo o se tornará blanco.

Querremos entonces recuperar los instantes perdidos de extásica serenidad, pero nunca vuelven. Tempus fugit.

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