No es mía la encina que amo,

no es tuya ni es de nadie,

a sí misma se sujeta y sostiene,

aunque la cuide yo y ella me inspire.

Solitaria y sola se eleva y vuela

en el centro de una brumosa nada,

que majestuosa ocupa y vivifica

mientras señala un audaz camino.

Al peregrino errado ofrece cobijo

sin preguntar su linaje ni destino.

Bajo la gran copa me sosiego y sueño

ser ave sedentaria buscando nido,

y árbol que cual nómada se aleja,

fundido en hermandad frondosa.

 

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