Estoy enterrando a Kayú

bajo su higuera preferida,

desnudo y sin sudario,

enredado entre raíces sin rencor,

perdidos sus recuerdos

en las brumas del olvido.

Murieron hace tiempo

el Tao y el Altao, entre altares,

velas y espirales de niebla.

Quedó suspendido en el cielo

Uruksaya, árbol invertido

que dejó de sostener el mundo,

cansado de su sino y su destino.

Nublados los ojos de Tunkasila,

abuelo perdido en lontananza

tras múltiples caminos caminados.

Me pregunto quién entierra,

quién escribe y guarda memoria,

quién el Testigo de tanto acaecer,

de tantos rostros y ropajes.

Resuena en los ecos del tiempo

la pregunta solitaria y sin pareja,

sorda al repetido recital de respuestas

en una sola y única resumidas.

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