No hay suficiente tierra en el mundo

para enterrar todos mis fantasmas.

Se esconden en las acacias hendidas

por el rayo de un fugaz recuerdo,

surgen como musgos entre las grietas

de enormes rocas que los sepultaron.

Se me aparecen bajo blancas sábanas

en mis duermevelas, insomnios y vigilias.

No quieren que los olvide, vivos como están

en mis cicatrices, desmemoria y orgasmos.

Ya no les temo y me susurran pasados

cargados de un futuro ya presente.

Son mis amigos y sueñan conmigo.

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