Una buena amiga se sorprende de encontrar aún gorriones en pleno centro de Zaragoza y me envía una hermosa foto, con un límpido cielo azul de fondo. 

Siempre me gustaron los gorriones por lo confiados que son y por la algarabía que arman al amanecer y al atardecer. O a la hora de la siesta si se les antoja.

En algunas ciudades europeas están desapareciendo y es mala señal. Aunque puedan parecer molestos, en las épocas calurosas son limpiadores naturales de larvas e insectos. Si desaparecen de jardines y parques, probablemente habrán desaparecido previamente herrerillos, cuclillos, pájaros carpinteros o mirlos.

En mi ventana les pongo de comer todos los días y, si estoy en un parque o terraza al ire libre, les doy migas de pan. Admiro que sean monógamos y son un buen ejemplo de paternidad y maternidad igualitarias: macho y hembra se turnan para empollar la nidada, que defienden fieramente de otras aves.

 

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