Lleno de vida está el árbol muerto. Su copa cobijó pájaros y escuchó muchos trinos. Su tronco ya no es nido, pero sí cobijo de insectos variados. Sus grietas y arrugas nos cuentan labores y esfuerzos, esparcimiento y amoríos, guerras y treguas. El paso de generaciones de humanos que ya no están. Algunos aún vivos siguen admirando su cambiante belleza, el alma que lo habita.

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