Me pilló ya con 70 años cuando recibí mi primera clase de escalada. Lo pasé mal, pero me sentí orgulloso de llegar al final de una pared para principiantes. Mis cortos brazos y pequeñas piernas no llegaban a los agarres que a mi “profe”, compañero y amigo, le parecían fáciles a mi alcance.

Hoy me sorprendo al recibir de mi hija Luchi (le quedan dos semanas para cumplir 25) esta foto con ella en lo alto. Sabía que de vez en cuando había ido a algún rocódromo a iniciarse, no que pudiera tocar el cielo como en esta imagen.

Me siento orgulloso y sin añoranza de más juventud para plantearme retos más difíciles. Ahora me preparo para asceder el Almanzor, en la Sierra de Gredos, y otros picos haciendo senderismo.

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