Hay un día para nacer y otro para morir. Hoy fue el final de la Morera. Creció de una semilla hace 25 años. El tiempo que necesitó para alcanzar 15 metros de altura y sobrepasar mi casa de tres plantas. Tardó dos horas en morir. Yo fui únicamente el instrumento de nacimiento y muerte.

Hasta esta misma mañana gorriones, mirlos, palomas, urracas y herrerilos visitaban sus ramas.  Sobrevivió a la última nevada aguantando kilos de nieve y vientos huracanados. Durante años regué, aboné y podé. Sus hojas alimentaron cientos de gusanos de seda de mis hijas en su infancia y los de sus compañeras de colegio. En verano su sombra nos protegió de calores de 35 grados. 

Mi despedida gradual ha durado seis meses. El tiempo de finalizar los trámites burocráticos y los pagos pertinentes para recibir la autorización de la Concejalía de Medio Ambiente de mi Ayuntamieto. La razón: estaba a punto de tirar un muro y había levantado todo el solado de la terraza inferior.

He plantado otras tres en terreno público de los alrededores. Volveré a plantar más cuando tenga un pedazo de huerto. Es uno de mis árboles preferidos. Esta no es una despedida, sino un hasta siempre. Un día pediré que me entierren bajo una morera, otros lo llaman moral. 

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