Estaba al borde del camino. Un pequeño cabecinegra macho tumbado de costado, entero, con el ojo mirando al vacío infinito. Me impactó. Parecía disecado en un amanecer frío. No estaba congelado ni tenía el ala rota ni se había caído del nido. Misteriosa le llegó la muerte como le había llegado la vida. Un superviviente sedentario lo los matorrales bajos.

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