Me gustan los nidos en los árboles llenos de huevos o de pajarillos recién nacidos.  También me gusta recoger los nidos vacíos que se caen del árbol arrastrados por el viento. El de la imagen me evoca” el síndrome del nido vacío”. Esa sensación de tristeza, nostalgia y soledad que se apodera de algunas madres y algunos padres cuando los vástagos se van de casa. Como si su misión en la vida se hubiera acabado.

Mis hijas viven aún en casa, pero hace años que viven con la suficiente indepedencia como para que pase muchos días solo. Y disfruto de mi soledad amena, llena del alma del mundo, del silencio sonoro de la Naturaleza. Estoy bien preparado para el abandono definitivo del nido. Yo lo dejé muy temprano, y mantuve mejores relaciones y un amor más maduro, en cada visita, cada estancia y cada temporada pasada en común.

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