Ha retenido hoy el ocaso

todo el oro de mis horas felices,

la luz risueña de los niños que jugaban,

los destellos conservados en el libro leído,

los trinos dorados de los seres alados.

Hubo atardeceres incendiados de pasión,

de pompa y púrpura revestidos,

los hubo también naranjas, agridulces,

acariciados por las olas que partieron

o sumergidos en la penumbra de las cumbres.

Amanece ya mientras escribo

y confundo crepúsculos y albores.

No se movió el sol, sólo me giré yo,

como giran mis nostalgias y esperanzas,

mientras mi cuerpo sigue anclado

y hunde sus raíces en la tierra que me traga.

Benévola, me acoge ligera y leve.

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