Recibo al amanecer de Madrid la despedida al sol que hacía Grange, neozelandés de mi generación, con su concierto de trompeta. Él iba luego a cenar. Se había acabado su martes. Yo a desayunar. Empezaba el mío. Llevaba doce horas “de ventaja”.

Está sobre la Colina de la Roca Blanca, en el valle de Motueka, extremo norte de Nueva Zelanda. Punto energético especial, en el que se encuentran los yacimientos geológicos más antiguos de la isla. Le fotografía un joven amigo español, que ha sido acogido por él y su pareja, la doctora Tessa.

De repente, retrocedo cuarenta años, recordando recorrer aquellas tierras y recibir la hospitalidad y simpatía de decenas de neozelandeses que ya habían iniciado una vida alternativa en el campo. Habían abandonado ciudades y empleos tradicionales. Grange y yo pudimos habernos cruzado, él con 24 años y yo con 30.

Me alegro de que las semillas que plantaron hayan germinado y se hayan expandido. Dos teléfonos móviles, una foto y un blog son los regalos que el universo tecnológico nos ofrece para unir pasado y presente, la península ibérica y sus antípodas, y corazones de distintas generaciones y bagajes culturales. ¡Gracias Vida!

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