Al amanecer o al atardecer, a mediodía o a media tarde, cada día atravieso este paso subterráneo. No por obligación, sino por devoción. A pie o en bicicleta, a la carrera o deteniéndome a contemplar los grafitis y charlar con los grafiteros y los paseantes de perros. Durante cinco lustros ha sido mi ruta más frecuentada. Una especie de ritual para salir a la naturaleza. 

A cinco minutos de mi casa, me ha permitido abrir nuevos senderos, limpiar el entorno, conocer gentes de todas las edades y podar árboles abandonados. He ido haciendo fotos del mismo entorno, modificado por las luces y los colores de las cuatro estaciones. Árboles desnudos o con pleno follaje. Cardos y praderas de flores silvestres. Caminos polvorientos o llenos de grandes charcos. El lugar permanece. Un cuarto de siglo y varios miles de idas y venidas me han ido transformando. Quedan innumerables recuerdos y los poemas que este continuo trasiego va inspirando.

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