El adulto que pierde la curiosidad ya es viejo prematuro. Con dos años, este niño explora el mundo más allá de los límites. Se las ha ingengiado para ver qué pasa al otro lado de la puerta, atraído por el ladrido de un perro, el paso de un coche, las conversaciones de los vecinos…

Aprende continuamente con todos los sentidos, momento a momento, sin pensar en el después. 

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