Al borde de un camino polvoriento, llama la atención una espléndida morera de grandes hojas verde primavera. Ha logrado sobreponerse a un viejo seto de arizónicas semisecas y romper la alambrada que la aprisionaba.

Busca la luz en altura y anchura. Es un auténtico oasis al final de un mes de julio caluroso y en medio de un desierto de pistas de tierra, que cada día cruzan y entrecruzan camiones llenos de piedras, escombros y arena.

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